Dos años de reinvención

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martes, 30 de octubre de 2012

Primavera en una necrópolis

Sucios nichos rodeados de coloridas flores. Imagen decepcionante. Miles de almas, espíritus, fantasmas del pasado. Treinta euros malgastados en rosas frescas que el ambiente hará marchitar. Un ambiente entristecedor, desolador, a pesar de todas las amapolas traídas por los visitantes que proporcionan un atisbo de luz y color. Un alrededor que atrae pésimos recuerdos.



Todavía hay gente, quizás devotos, que piensan que el difunto permanece allí y debemos cuidarlo. Una costumbre respetable, pero parece que tan sólo nos preocupamos de mantenerlo bien atendido durante fechas claves, como este 1 de noviembre. ¡Ay, pobres ignorantes! Lo que separa a esa persona de nosotros no es una lápida, sino un mundo, un más allá, un quizá. Allí dentro sólo está depositado un cuerpo, unos huesos, tan propios de cualquier ser humano. El alma, la esencia de esa persona no la encontramos en estos lares, sino en el interior de sus más allegados.

¿Qué significa ir a visitar en el cementerio al familiar que más echas en falta cada Día de Todos Los Santos? Una tradición católica que se halla muy lejos de la realidad. ¿Para qué necesitas recordar su muerte acudiendo a la necrópolis? Sólo es una lápida que, mirándote fijamente, da sentencia de que en algún momento alguien estuvo allí; donde ahora reposan grisáceas cenizas y carcomidas estructuras óseas. ¿Por qué nos tenemos que torturar por dentro, llorar una muerte? Lloremos mejor por las alegrías que nos produjo durante su vida, hagamos memoria de lo que significó para nosotros.

¿Y para qué pregonar una ausencia que en tu día a día se mantiene presente? ¿Justificas acaso tu amor hacia esa persona yendo a estos tenebrosos lugares tan propios de los relatos de Allan Poe? Para nada, tal vez incluso sea todo lo contrario. Si verdaderamente lo quieres, si realmente lo echas de menos, olvida los temores y sufrimientos y que; aquellas palabras de apoyo, aquellos recuerdos inolvidables, se conviertan en los guías de tu vida. Aprovéchala sonriendo ya que, ellos, desgraciadamente ya sepultados, no pueden hacerlo.

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