Dos años de reinvención

Dos años de reinvención
Aquel 28 de mayo de 2012 todo empezó... Haz click y descubre las entradas especiales por el segundo aniversario del blog.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Música en el alma (I): Orígenes y misterios



Si los inicios de la escritura nos parecen lejanos, si los comienzos del ser humano tuvieron lugar hace mucho tiempo, si el nacimiento del primer ser vivo dista a miles de millones de años del hoy, ¿qué podríamos decir del prematuro origen de la música y su sorprendente perduración a lo largo del tiempo? El compositor alemán Stockhausen explicó que desde que el hombre existe ha habido música; pero también los animales, los átomos y las estrellas hacen música. De esta cita podemos concluir que el origen de la música vino de la mano de la creación del Universo. Cada sonido y cada silencio emitidos por los engranajes de este cosmos todavía joven y en expansión es auténtica música. Los pasos de un viandante solitario por una avenida desierta son música. El repiqueteo de las gotas de lluvia sobre nuestra ventana un día tormentoso es música. Nosotros -nuestro propio cuerpo- somos en sí pura música.

Nuestro progenitor, el hombre primitivo, fue el pionero en dar una trascendencia vital a la música. Para él, los sonidos eran frutos de la vida, mientras que la quietud y la ausencia de estos se relacionaban con la muerte. Tal vez este misticismo explica el porqué los seres prehistóricos iniciaron la tradición del canto y la danza, símbolos e hijos predilectos de la existencia sobre este mundo.

Además, nuestros antepasados también comenzaron la fabricación de instrumentos rudimentarios. Igual que confeccionaban flechas para cazar, también emplearon sus dotes ingenieras para crear unos primarios raspadores valiéndose de las piedras o flautas talladas en huesos de animales.

Quizás tendamos a pensar que estos descubrimientos no tienen más importancia que la innovación que significó en su tiempo. No obstante, al igual que se plantearon la primera cuestión filosófica de la Historia acerca de la muerte y la posibilidad de otra vida en el más allá, los primitivos también fueron los instigadores de nuestra insaciable sed de música. La música, al fin y al cabo, encierra en nosotros un gran misterio. Desde tiempos inmemoriales, nos ha servido de guía en la vida, nos ha acompañado en instantes felices y nos ha llorado nuestras mayores desgracias. ¿Acaso las suites de Bach o las óperas de Verdi habrían sido compuestas si no hubiera sido por la labor inicial de los paleolíticos?

Cuando nacemos y somos arrebatados del seno materno, lo primero que escuchamos es música: la atenta voz del doctor, el dulce acento de una madre. Incluso durante el embarazo, en el útero, ya nos desarrollamos con una música de fondo. Poco después de haber sido dados a luz, descubrimos nuestras manos y aprendemos instintivamente a dar palmadas, convirtiéndonos así en unos profesionales músicos y, más tarde, a lo largo de nuestra adolescencia, la música se transforma en nuestro refugio, donde dejar fluir nuestras sensaciones y pensamientos desordenados.

En definitiva, la música se engendró a la par que nosotros y debería permanecer a nuestro lado toda la vida. Sin embargo, al llegar a la edad adulta, muchos seres olvidan el poder sobrenatural de este arte y, de esta manera, dejan de escuchar y disfrutar la música y, al fin y al cabo, de sentir. ¿De veras algo que flota en el viento, que acompaña cada una de nuestras palabras y que es un órgano más de nosotros mismos puede ser prescindible en una existencia que tiende a la autorrealización y la obtención de la ansiada felicidad?

No hay comentarios:

Publicar un comentario