Dos años de reinvención

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jueves, 21 de febrero de 2013

El infierno son los otros

Irremediablemente, los demás tienen gran importancia en nuestra propia vida. Afortunadamente, y desgraciadamente, convivimos en sociedad. Una sociedad con unas creencias y unas culturas fijas. Unas costumbres que, en múltiples ocasiones, no se corresponden con nuestra ideología. No obstante, ¿la sociedad es un opuesto a nuestra persona o soy yo el que voy a contracorriente? ¿Es lo tradicional lo realmente correcto? ¿Acaso mi pensar es antisocial?

Existe una inacabable fuente de ventajas y desventajas de vivir en sociedad, recogidas en multitud de teorías filosóficas. Sin embargo, me gustaría tratar sobre la interesante y peculiar ideología de Jean-Paul Sartre.

Sartre, padre de la corriente existencialista, no sólo se dedicó a decir aquello de los seres humanos deben reinventarse a sí mismos, nada ni nadie nos condiciona. También nos deleitó con una de las más reconocidas citas acerca de la vida en conjunto: el infierno son los otros.

El infierno son los otros... Esta sentencia firme aclara la rígida postura de Sartre con respecto a la sociedad. Está en el bando revolucionario, ese del que hablábamos al comienzo. Al fin y al cabo, no se aleja mucho de su archiconocido "existencialismo", la sociedad nos condiciona e intenta ponernos en un lugar que no merecemos.

El infierno son los otros, nos repite el filósofo francés. Por lo tanto, ¿cuál es el cielo, su contrario? Para él, el paraíso es la soledad, vivir ajeno a una sociedad que nos oprime. Mi reflexión es, ¿de veras podríamos vivir sin relacionarnos con los demás? Somos seres vivos, y como tales estamos obligados a llevar a cabo las tres funciones vitales. ¿Se extinguiría la especie si todos buscáramos el Jardín del Edén que nos propone Sartre? ¿Para evitar sufrir debemos no exponernos al mundo?

Sin embargo, pretendo ir más allá. Si la sociedad nos asfixia, nos cataloga, nos ordena, es porque nosotros acatamos todos esos mandatos. Los rusos convivían fieles al zar hasta que alguien pensó que ya bastaba de tantas desigualdades. Sartre sería muy revolucionario, pero se conformó con que los demás crearan de su vida un escenario de rojo intenso poblado por seres con tridentes, en vez de contraponerse y crear el verdadero paraíso: el suyo propio.

En conclusión, tal vez vivir en sociedad posea repercusiones negativas, pero sin todos aquellos ciudadanos que la componen no sabríamos amar, odiar, rabiar, llorar o criticar. Se dice que el infierno son los otros; pero para otro, el infierno lo conformaré yo.

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